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Definir a un músico como Bobby McFerrin no es fácil. De él se puede decir que nació en una familia estrictamente musical (su padre fue el primer solista afro-americano que cantó en el Metropolitan de Nueva York), que estudió piano y que más tarde dejó el teclado para dedicarse al canto. Sin embargo, estas pincelada autobiográficas no dan idea de la complejidad de un personaje capaz de cantar (siguiendo la tradición de los vocalists del jazz, es decir, de los solistas vocales que improvisaban con la voz, sin necesidad de tocar un instrumento) al mismo tiempo con Chick Corea o con Keith Jarret; o de dirigir orquestas sinfónicas como la de San Francisco o la legendaria Filarmónica de Viena. En sus perfomances como solista o como director, se aprecia la talla de un artista capaz de superar cualquier límite establecido en la manera de hacer y de pensar la música.
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