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Xurxo Fernández

Miles Davis resucita en dos libros prodigiosos


Los años sesenta supusieron un cambio radical en modos y gustos musicales. Había nacido, hacía muy poco, el Rock&Roll. En un cortísimo espacio de tiempo, la ligereza o ingenuidad de los principios (Holly, Elvis, Little Richard) fue cobrando peso.
Es curioso comprobar cómo las cosas mejoran cuando se cuecen en un caldo de cultivo diverso. La pureza –salvo en el arquetípico caso de Johann Sebastian Bach– no suele producir obras angulares. Por eso, los encargados de producir el giro copernicano en el seno del Rock tuvieron en cuenta un sinnúmero de fuentes. Elaboraron sus temas partiendo antes que nada, como es lógico, de los referentes inmediatos en ese mismo campo, con especial atención a Holly. Analizaron los sones del viejo jazz de Nueva Orleans, que, en el curso del tiempo, había ido mezclándose con otras raíces africanas, produciendo el Rhytm & Blues. Se empaparon de las sombras que producían los bluesmean de las capitales y del campo, de Robert Johnson y Champion Jack Duprée a John Lee Hooker. Tomaron nota de las tonadas del folk blanco, que habían sido recogidas por tres antropólogos gigantescos: Alan Lomax, Woody Guthrie y Pete Seeger. Y reelaboraron los temas tradicionales del entramado popular anglosajón: Irlanda, Gales, Escocia. Esas canciones, llevadas por los emigrantes a Estados Unidos, tuvieron un viaje de vuelta muy fértil. Así fueron produciéndose los grandes fenómenos de esos años: los Animals de Eric Burdon, los Beatles, los Rolling Stones, los Mothers of Invention de Frank Zappa. En medio, los continuadores de la tradición por otras vías más complejas, como los casos de John Mayall o los Pentangle de Bert Jansch y John Renbourn.

En el terreno del jazz todo parecía estar hecho. El be bop había triunfado y se había instalado con tanta seguridad, que parecía no haber otro futuro. La larga marcha de las big bands, con la omnipresencia de Duke Ellington y la fuerte carga impuesta por las cantantes de oro –Billie Holliday, Ella Fitzgerald, Bessie Smith– habían convencido a la gente de que era completamente imposible superar ese techo.
Al mismo tiempo, los grandes de la interpretación eran inamovibles. Estaban Oscar Peterson, John Coltrane, Bill Evans, Art Tatum, Dexter Gordon y todos los demás. Estilísticamente se habían situado en un plano relativamente conservador y nadie parecía estimularlos para que modificaran el curso de una vía segura. Es más, a efectos de gusto popular, la gente estaba encantada con lo que había. No hacía falta más.

Y entonces llegó Miles Davis. No es que no estuviera presente hasta entonces. De hecho había empezado muy joven y había tocado con todo el mundo. Pero, justo en el año 1959, exactamente entre el 2 de marzo y el 22 de abril, se produce un milagro que se llama Kind of Blue. Los miembros de la conjura (aparte de Miles) se llamaban Julian Cannonball Adderley, John Coltrane, Wynton Kelly, Bill Evans, Paul Chambers y Jimmy Cobb.

A partir de ahí, el jazz cambió de rumbo definitivamente. La música, en general, también. El resto es historia y se recoge en estos libros que reseñamos: Miles Davis, la biografía definitiva, de Ian Carr (editado por Alba Editorial) y Miles Davis y Kind of Blue. La creación de una obra maestra, de Ashley Kahn, con prólogo de uno de los implicados, el demoledor batería Cobb (editado en la colección BioRitmos por Global Rhythm). Lean, pues, la génesis de la gloria.


XURXO FERNÁNDEZ
29.10.2006 (Correo Gallego)


Diego Fischerman
José María García Martínez